A veces la vida le sorprende a una. Nunca puede afirmarse algo como hecho definitivo. Llegué a la India con seis meses por delante, con una tarea que desde hacía mucho tiempo andaba por realizar. Varias circunstancias obstaculizaron mi trayectoria por un breve, aunque angustioso, tiempo. Pero regresé, por ellos y también por mí. Hoy, seguramente de manera temporal, se detiene mi presencia en Varanasi pasados seis meses, tan intensos como cortos, tan puros como ciertos.

Mentiría si dijera que hoy estoy contenta, pero también si colocara la tristeza de mi marcha en la cúspide de este capítulo. Como cualquier historia, todo empieza donde luego acaba, como un círculo. Me voy con la sensación de haber trazado esa línea orbicular, completándola, llenándola de aprendizaje, de esfuerzo, de vida.
Podría intentar resumir en unas líneas todo lo que he aprendido en este tiempo, pero sería solamente un breve esbozo de una inconmensurable lista de experiencias.

Me quedo con esas voces tiernas que dan los buenos días al llegar. Me llevo sus sonrisas, su entrega, su inocencia, su valentía. La madurez que asumen algunos sin ni siquiera ser conscientes. La melodía de sus risas, variopintas, auténticas. El esfuerzo, también la pereza y la picardía. Las repentinas ocurrencias, los mofletes salpicados con leche del desayuno, las camisetas puestas del revés; los pies descalzos, libres.

Semilla para el Cambio me abrió sus puertas con toda la confianza para trabajar en el desarrollo de su gran labor. Desde entonces y hasta siempre, mi agradecimiento será permanente. Gracias, María, por hacerlo posible.