Días de fiebre
4:30 de la mañana. Hoy toca madrugar. En realidad, llevo toda la noche sin pegar ojo. Las secuelas de la fiebre tifoidea que ha decidido combatir la vacuna e instalarse en mi cuerpo colabora a este malestar, aunque también los días de rodaje en los suburbios de Sigra.
Las calles están enterradas en silencio, parecen otras. Todavía está oscuro y los perros callejeros, con sus miradas desafiantes, aguardan como vigilantes de su zona. Un ladrido agudo es suficiente para guardarles respeto.
En Godoulia, centro del caos urbano, también se respira la tranquilidad de la noche, pero empiezan a desfilar algunos rickshaws atentos a nuestros pasos.
Llegamos a Sigra justo antes del amanecer. Las luces de las chabolas iban encendiéndose casi al mismo ritmo que cada picadura de mosquito en mis tobillos. En cuanto nos vieron, la colonia se despertó de repente.
Estamos nuevamente de rodaje, esta vez grabando algo muy cercano. Para que podáis entrar en su casa, verles despertar, trabajar, cocinar, cuidar de sus pequeños, escucharles, sentir y compartir parte de su día a día, alejados del resto. Estamos deseando compartirlo.
De reunión en reunión


Siguen los rodajes y siguen también las reuniones. Como cada mes, nos encontramos con las madres de los niños escolarizados. Esta vez contamos con la ayuda de dos voluntarias de Alicante, Victoria y Marina, fisioterapeuta y enfermera de profesión. Resulta sorprendente incidir en hábitos higiénicos tan patentes en nuestro día a día; tener que recordar algo tan rutinario como lavarse el pelo o cepillarse los dientes. Marina y Victoria colaboraron con una charla dónde se insistía en la necesidad de adquirir prácticas de higiene esenciales para la buena salud tanto de las madres como de los niños. Desde conceptos tan básicos como lavarse las manos antes y después de comer a adoptar una postura correcta para largas horas de trabajo sirvieron como referente para su desconocimiento.
Escuchaban, atentas, corrigiendo su posición y comentando unas con otras con desconcierto pero con interés. Incluso Soma, la coordinadora, se sorprendió al descubrir trucos como lavar el pelo con vinagre para combatir los piojos.


Sigra también fue escenario de reuniones. La nueva escuela fue el centro donde congregamos a las familias de todas las colonias. Era un día esperado por ellos y por nosotros, una sesión donde se explicaría el quién y el porqué de lo que inquietaba a todos los habitantes de la zona. Después del aumento de alumnos, inesperado y veloz, era más que necesario dar más detalles sobre el programa. Estaban impacientes, acercándose a la escuela incluso unos días antes para averiguar cuanto antes todo lo que se les ofrecería. Nos impresionó notablemente entrar y verles sentados en orden, siguiéndonos con la mirada, expectantes. La sala era un baño de colores y de comentarios en voz baja. Los hombres sentados en lo alto de las banquetas, observantes; las mujeres con sus bebés, nerviosas. Además de Soma, nos acompañó la madre de dos de los niños que ya forman parte del programa educativo. Elegante, con un sari de tonos rosáceos y sandalias doradas, disfrutó como una invitada de honor. Su testimonio ayudó a poner un pie en el círculo de confianza de las colonias, que todavía tenían dudas ante una ayuda repentina y desinteresada. La conocían, y ella, espléndida y satisfecha, explicó los beneficios y las mejoras de sus hijos, ya escolarizados. En familia, respondió a sus preguntas, muchas de ellas formuladas en secreto, para asegurarse ante lo desconocido. Sus miradas de aprobación y la unión de sus manos a la altura del pecho fueron la firma definitiva de su consentimiento y su respeto. Namaste.


Estas dos últimas semanas han sido delirantes. Una ya no sabe establecer la frontera entre lo real y lo imaginario. Grabar en los suburbios origina un discurso interior que conduce a la pérdida de sueño y a la irremediable búsqueda de una solución inmediata imposible. Después de compartir su tiempo, la involucración es tan directa que puede resultar inquietante si la trasladas, inevitablemente, a tu conciencia.
Mirarles a través del objetivo ofrece una visión que no es capaz de percibir el ojo humano. La colonia se descubrió, todos querían ser protagonistas de algo que ni siquiera comprenden.

Se unieron como una gran familia, donde todo es asunto de todos. Todos quieren saber, todos preguntan, todos divisan esa esperanza que les libere de su situación. Nada puede permanecer a escondidas de los demás. Hubo cabida también para repentinas envidias por acaparar la atención ante la cámara. Los más pequeños ansiaban por verse retratados en el visor, mientras los padres curioseaban y ponían un poco de orden ante el descontrol. Tal vez así, se abra una puerta que deje entrever sus carencias, que de voz a sus necesidades.

Todos buscamos una salida, una mejora, cuando nos encontramos ante dificultades. Pude sentir en mi piel esta necesidad cuando mi cuerpo ardía a 39 grados de fiebre. Con un termómetro bajo el brazo la percepción de las cosas nunca es exactamente como lo que sucede en realidad, pero en este caso no se alejaba tanto de lo que ocurría en mi habitación. Me desperté entre sábanas empapadas de sudor frío, pensando en el peor de los males, hasta que llegó un hombre acompañado de un ayudante con un maletín. Era el médico. Llevaba 48 horas con fiebres altas, con lo que, a pesar de no entender nada de lo que decían, me alegré de su presencia. Hasta que llegó el tercero. Un hombre con una gran goma elástica que ató fuertemente a mi brazo para darme después el pinchazo que diagnosticaría qué bacteria navegaba por mis venas. Nunca antes me habían hecho un análisis de sangre en casa. Hablaban sin parar, sin darte opción casi ni a preguntar para no perder tiempo buscando el mejor remedio. Después de unos días refugiándome para mi recuperación, salí a la calle con una sonrisa, todavía débil. Me alegró volver a saludar a los vecinos, que me transmitían su preocupación. Esa gran familia que pregunta, que se implica, que te cuida. El afecto es recíproco, vamos a seguir cuidándonos.